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Inicio de la Cofradía


La pérdida de los documentos de la Cofradía vicentina de Graus nos impide conocer la antigüedad exacta de esta institución, que aún perdura hasta nuestros días con singular protagonismo en el calendario litúrgico y festivo de la villa, así como muchos detalles de esta congregación de hermanos que tradicionalmente convocaba sus sesiones en el cementerio de San Miguel. Sabemos que en el siglo XVIII se nutría de una renta censal de 800 sueldos y de la explotación de 144 olivos, rentas procedentes de la Capellanía del Santo Cristo y de San Vicente Ferrer instituida sobre un altar de la Virgen de la Peña en el siglo XVII por el hidalgo José Ciresa –vivía éste en el número 37 del Barrichós, en lo que es hoy Casa Pinós-, y dotada en su origen con 500 sueldos de rédito en Graus, 100 sueldos en Olvena, 100 sueldos en Castarlenas, además de la renta de 82 olivos en Laguarres y de otros 62 olivos en Azanuy; patrimonio éste administrado en 1771 por la Casa Torres de la Calle Mayor, hoy número 11, familia que nombraba los capellanes como heredera del legado de aquel alcalde, hidalgo y capitán de la milicia local que había sido el devoto D. José Ciresa.

La devoción en Graus a su patrono San Vicente Ferrer ha venido siempre acompañada por el recuerdo de fray Pedro Cerdán, quien se quedó en la villa por enfermedad a la partida del santo. Cerdán, natural de Colliure, entonces Cataluña, era un fraile poco letrado y algo tosco que había profesado en el propio convento de dominicos de Colliure, y que lo aprendió todo de San Vicente, a quien acompañaba en la predicación, pero por lo mismo recordaba los modos y el mensaje de aquél, como nos refiere Blasco de Lanuza. Sobrevivió a su maestro tres años, luego de pasar siete en la villa de Graus, y fue a morir bajo la escalera del mesón de los Tallada. Ni qué decir tiene que los biógrafos adornaron el relato del óbito con angélico candor, dando por cierto que las campanas sonaron espontáneamente para anunciar la muerte retirada y silenciosa del fraile. Lo cierto es que la sencillez y ejemplaridad de Cerdán dejaban un buen recuerdo en Graus. Se depositó con fervor su cadáver sobre el altar mayor de la iglesia antigua de la Peña y lo guardaron convenientemente en la sacristía. En tiempos del obispo de Barbastro Felipe de Urriés, que era dominico, en 1574, se le trasladó en un túmulo de madera y bronce a la derecha del presbiterio de la reconstruida iglesia. Beatificado por Urbano VIII a mediados del siglo XVII, lo invocaban los grausinos para enfermedades varias, en especial el dolor de cabeza, por lo que se fue pulverizando con el tiempo, para usos milagrosos, la piedra que le sirviera de almohada. Los viñateros le tenían fe, por aquello de que había fallecido sobre un lecho de sarmientos que rebrotó tras su muerte. El Obispo de Barbastro Juan Manuel Cornel, en visita pastoral a Graus el 29 de junio de 1777, reconoció los restos y los halló completos, según auto del notario local Carlos Viñales. Arcón y huesos se perdieron en el incendio de la guerra de 1936. Lo que restaba fue depositado en un nicho abierto en la pared de la iglesia de San Miguel. Francisco Diago  recoge oraciones y antífonas, entre los libros antiguos de Constituciones Provinciales de Tarragona y Diocesanas de Gerona, que ilustran la popularidad de que gozó fray Pedro Cerdán y la fama general de santidad que le acompañaba. Una de ellas hace referencia a la población de Graus:

 

“Gaude multum felix Gradus

tanto munere dotatus

Petri pro fide certantis

atque mundum perlustrantis

per quem o tu Ceritania

quae fuisti eius patria

gaude sono melodiae

atque dulcis armoniae”

Que significa en romance: “Alégrate, feliz Graus, dotado con tantas reliquias de Pedro, el viajero infatigable y luchador por la fe. Y tú, oh Ceritania, que fuiste su patria, alégrate también con esta alabanza y su dulce armonía”.

Faci y Valdecebro, en sus obras citadas, recogen puntualmente todas estas devociones que inspiraron en la villa de Graus el fervor a San Vicente Ferrer, a su Crucifijo y al beato Cerdán. Nos hablan de la todavía convocada “Procesión de San Vicente”, que en aquellos siglos tenía lugar todos los domingos después de vísperas, “y se continúa aún –según Faci- por las mismas calles que el santo ordenó se ficiese, cantando la letanía”; de la costumbre de bañar al Santo Cristo en las aguas del río Ésera cuando amenazaba éste con desbordarse; de la conjuración de las tormentas desde el “esconxuradó” de la iglesia parroquial. Y, frailes dieciochescos que orientaban su pluma a la impresión emotiva de los sencillos creyentes, no dejaban de estimular la devoción con prodigiosos relatos magnificadores: aguas que ceden de improviso ante los ruegos procesionales, enfermedades curadas de modo prodigioso, o el milagro grausino de la corona de plata ofrecida al Santo Cristo por donativo de la población, corona que, puesta reiteradamente sobre la cabeza de la imagen, se desprende tres veces para indicar la preferencia divina por la originaria y humilde corona de espinas. No cabe duda, no obstante, que a través del relato desbordado de estos frailes nos ha llegado una atmósfera de intensa devoción vicentina en la villa de Graus.

El mencionado obispo Juan Manuel Cornel era oriundo de Cerler, en el Valle de Benasque, y aún habría de morir en la Puebla de Castro. Ribagorzano y devoto en extremo de San Vicente, en su visita pastoral a Graus en 1777 logró que el Consistorio rebautizase la calle Barrichós como de San Vicente Ferrer, como en la actualidad sigue llamada, hizo colocar una hornacina del santo sobre el portalón de lo que había sido hostal de los Tallada en Graus y una inscripción a su pie, que allí sigue:

El Ylls. Señor D. Juan

Manuel Cornel concedió

quarenta días de Yndulgen

cias al que rezare un

padre Nuestro y Ave María

delante de esta Ymagen

En la reforma y ampliación que se llevó a cabo en la iglesia parroquial de San Miguel en 1735 se había dado longitud bastante al brazo derecho del crucero para edificar una capilla expositora del crucifijo, dotar a la institución de una sala capitular para sus reuniones y de un carnerario para los hermanos difuntos de la congregación, lo que da idea de la preeminencia que había alcanzado la de San Vicente sobre las otras cofradías de la villa. En 1757 el capítulo eclesiástico conseguía de Roma la traslación de la fiesta del santo para el lunes siguiente al Domingo de Quasimodo, pues el 5 de abril, día en que lo conmemora el calendario cristiano, se encajaba con frecuencia en la Semana Santa o en la Pascua.    Los obispos de Barbastro Agustín Abad y Lasierra (1790-1813) y Juan Nepomuceno de Lera y Cano (1815-1828) otorgaban a su vez otros 40 días de indulgencia a quienes oraran en la capilla ante el crucifijo de San Vicente Ferrer. Los mismos días de indulgencia que por su parte había concedido también el Obispo de Urgel Joaquín de Santillán y Valdivielso en ese siglo XVIII por rezar un Credo ante el crucifijo.   El templete barroco de estuco que exponía el Santo Cristo tuvo su restauración en 1859, pero en 1969 fue demolido, de acuerdo con los gustos modernos de mayor simplicidad ornamental, bajo la dirección del arquitecto grausino Francisco Asarta, para ser sustituido por una forja frontal y tres paneles decorativos pintados al fresco por el profesor de la Escuela de Artes Aplicadas de Barcelona Carmelo Davalillo Artigas, y que representan “El sermón de Graus”, “El Compromiso de Caspe” y “El Cisma de Occidente”. En la actualidad se ha acondicionado el antiguo carnerario para archivo y almacén de los ornamentos y propiedades de la cofradía.

En 1821 Pío VII, a petición de los grausinos, trasladaba expresamente para Graus el día de San Vicente al 13 de septiembre, elevando además a rito de 1ª clase la fiesta de la Exaltación de la Cruz el día 14. En 1919 Pío X aceptaba que el 15 de septiembre, pese a ser de los Dolores de Nuestra Señora, se celebrase el día grande o aniversario de la Cofradía de San Vicente Ferrer, con capítulo y elección de Prior y Mayordomos, y misa por los hermanos difuntos.

La Cofradía subsiste en nuestros días. En las mañanas frescas de esas tres fechas de septiembre, días de la Fiesta Mayor, el ruido de los trabucos, el olor de la pólvora y de la albahaca acompañan las procesiones solemnes de San Vicente y de su Santo Cristo, y afloran en los grausinos emociones de identidad que llegan de sentir profundo y de tiempos remotos. Hoy damos por desaparecidos los antiguos libros de actas y cuentas de esta hermandad religiosa laica que contó por tradición con 70 miembros de primera clase como número cerrado y hereditario, además de los clérigos de Graus que por derecho establecido se consideraban cofrades por naturaleza.

La modernización de las ordinaciones de 1850 es todo lo que nos resta de la organización antigua de la cofradía, que no diferiría en mucho de las otras asociaciones religiosas grausinas de las que guardamos alguna noticia documental, como las de la Soledad, San Nicolás, el Rosario y Santo Domingo en Soriano. Tributar la más profunda veneración y solemne culto a San Vicente Ferrer y a la milagrosa imagen de Cristo, es la declaración inicial de estas ordinaciones reformadas en el año 1850, habiéndose perdido ya, como correspondiente a otra época y a otra realidad social, el carácter de hermandad de socorro mutuo entre vecinos que siempre tuvieron las cofradías antiguas. La “pllega” (recogida) general de San Vicente se disponía, como ahora, para la tarde del 14 de septiembre en Graus, pero durante el año la cofradía enviaba a sus colectores por gran parte de una comarca solidaria y concienciada, donde obtenía algunas monedas, productos del campo y trigo, todo lo cual se subastaba bajo vigilancia de los “mayores de hombres” o mayordomos, vice-priores y contables al mismo tiempo. Nunca, hasta la reforma de 1850, ocuparon plaza las mujeres en la cofradía, quienes pasaban a tener entrada desde entonces sólo si eran viudas y presidían la familia. Lo obtenido en las subastas y el resto de las dádivas se invertía en limosnas, luminarias, sufragios de difuntos, funciones religiosas y pagos al Capellán y al Sacristán por los oficios en la Santa Capilla. La solemnización de las fiestas mayores, el predicador foráneo de prestigio y una serie de actos lúdicos en esas fechas constituían el único gasto extraordinario que se permitía la hermandad a lo largo del año. Las Fiestas Mayores fueron pues, hasta nuestros días, objeto de organización por la cofradía, dependiendo su brillo de la marcha de las cosechas y de lo obtenido en las “pllegas”. “Tú anirás a Graus/ y le dirás al pllegadó/ que si roba al Santo Cristo/ la vista ya la perdió”, sonaba la “matracada” de Santa Liestra de 1843 al ritmo de gaita y tamboril, convirtiendo en resonancia general una inveterada práctica de la cabecera de comarca.

Fijaban las ordinaciones de 1850 en 14 años la mayoría de edad para acceder a la condición de cofrade y al derecho de asistencia a los capítulos ordinarios y extraordinarios. El domingo o lunes de Pentecostés había de elegirse, por tres años, al Prior, Vice-prior, y Contadores o interventores. Además de estos 70 hermanos que componían la institución como representantes por derecho hereditario de las casas más tradicionales de la villa, ingresaban como supernumerarios quienes aportaran 50 reales de vellón, y quienes no teniendo dinero accedían a cambio de trabajo personal: los 4 “peaneros” que lucirían túnica blanca en las procesiones, y los 13 “tuniqueros” que, con hábito morado, empuñarían los cirios, la cruz, el estandarte, los candelabros y las andas en los entierros de los cofrades. Acompañar al difunto hasta la morada eterna, en procesión sobrecogida por la incertidumbre del juicio final, era la más significada actividad de la cofradía, y de asistencia obligada bajo multas pecuniarias. Al cofrade se le enterraba gratis, así como a sus hijos adultos; el resto de los grausinos accedía al mismo servicio por 40 reales de vellón. Al decir de Juan Arenas Gambón, durante el priorato del médico Pérez Bufill, en la primera mitad del siglo XX, se amplió a 100 el número de cofrades. En la actualidad el funcionamiento de la cofradía resulta más sencillo y de libre entrada, de acuerdo con unos tiempos que otorgan menos valor a la representación formal. Como hemos dicho, la quema del mobiliario religioso de la iglesia de San Miguel en los primeros tiempos de la guerra civil de 1936 supuso la desaparición de actas y objetos tradicionales de la cofradía, de los ornamentos y del arcón con tres llaves de seguridad, salvo lo que pudo quedar en domicilios particulares. El Santo Cristo, de dilatada veneración, fue recogido de la hoguera, gravemente chamuscado, por Hipólito Sisó y José Zuzaya. Estos grausinos devotos y sensibles, fotógrafo el primero y pintor artístico el otro, lo ocultaron en una caseta de monte en La Planas Altas, hasta que el imaginero grausino Ramón Auset Celaya pudo restaurarlo más adelante. El interés particular salvó una rica colección de “manticos” del Santo Cristo, todos ellos confeccionados por mano femenina durante el siglo XIX, hoy restaurados y expuestos. Confeccionados a partir de telas de uso cotidiano, incluso de ropa interior, aunque bellamente realzados, quedan como testigos de angustias íntimas, de votos secretos, y como modelo de generosidad colectiva.

JUSTO BROTO SALANOVA. “El Santo Cristo y San Vicente Ferrer, Patronos de Graus”.  (2013). Parte 3ª. Graus.

 

 

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Hornacina del santo situada en la fachada de la casa donde se alojó San Vicente

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Capilla del Santo Cristo (construida hacia 1739), donde se venera el crucifijo que San Vicente Ferrer entregó a la villa de Graus